Una Excursión a los Indios Ranqueles
Lucio V. Mansilla
Presentación
Índice
Capítulo 1. Dedicatoria. Aspiraciones de un tourist. Los gustos con el tiempo. Por qué se pelea un padre con un hijo. Quiénes son los ranqueles. Un tratado internacional con los indios. Teoría de los extremos. Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los ríos Cuarto y Quinto. De dónde parte el camino del Cuero.
Capítulo 2. Deseos de un viaje a los ranqueles. Una china y un bautismo. Peligros de la diplomacia militar con los indios. El indio Linconao. Mañas de los indios. Efectos del deber sobre el temperamento. ¿Qué es un parlamento? Desconfianza de los indios para beber y fumar. Sus preocupaciones al comer y beber. Un lenguaraz. Cuánto dura un parlamento y qué se hace en él. Linconao atacado de las viruelas. Efecto de la viruela en los indios. Gratitud de Linconao. Reserva de un fraile.
Capítulo 3. Quién conocía mi secreto. El Río Quinto. El paso del Lechuzo. Defecto de un fraile. Compromiso recíproco. Preparativos para la marcha. Resistencia de los gauchos. Cambio de opiniones sobre la fatalidad histórica de las razas humanas. Sorpresa de Achauentrú al saber que me iba a los indios. Pensamiento que me preocupaba. Ofrecimientos y pedidos de Achauentrú. Fray Moisés Álvarez. Temores de los indios. Seguridades que les di. Efectos de la digestión sobre el humor. Las mujeres del fuerte Sarmiento. Un simulacro.
Capítulo 4. Idea a que no nos resignamos. La partida. Lenguaje de los paisanos. Qué es una rastrillada. El público sabe muchas mentiras e ignora muchas verdades. Qué es un guadal. El caballo y la mula. Una despedida militar. La Laguna Alegre.
Capítulo 5. El fogón. Calixto Oyarzábal. El cabo Gómez. De qué fue a la guerra del Paraguay. Por qué lo hicieron soldado de línea. José Ignacio Garmendia y Maximio Alcorta. Predisposiciones mías en favor de Gómez. Su conducta en el batallón 12 de línea. Primera entrevista con él. Su figura en el asalto de Curupaití. La lista después del combate. El cabo Gómez muerto.
Capítulo 6. Regreso de Curupaití. Resurrección del cabo Gómez. Cómo se salvó. Sencillo relato. Posibilidad de que un pensamiento se realice. Dos escuelas filosóficas. Un asesinato que nadie había visto. Sospechas.
Capítulo 7. Presentimientos de la multitud. Un asesino sin saberlo. Deseos de salvarle. Averiguaciones. Un fiscal confuso. Juicios contradictorios. Agustín Mariño, auditor del Ejército Argentino. Consejo de guerra. Dudas. Sentencia del cabo Gómez. Se confirma la pena de muerte. Preparativos. La ejecución. Una aparición.
Capítulo 8. El palmar de Yataití. Sepulcro de un soldado. Su memoria. Sus últimos deseos cumplidos. El rancho del General Gelly y lo que allí pasó. Resurrección. Visión realizada. Fanatismo.
Capítulo 9. La Alegre. En qué rumbo salimos. ¿Los viajes son un placer? Por qué se viaja. Monte de la Vieja. El alpataco. El Zorro Colgado. Pollo-helo. Us-helo. Qué es aplastarse un caballo. Coli-Mula. La trasnochada. Precauciones.
Capítulo 10. No es posible seguir la marcha. Civilización y barbarie. En qué consiste la primera. Reflexiones sobre este tópico. En marcha. Manera de cambiar de perspectiva sin salir de un mismo lugar. Asombroso adelanto de estas tierras. Ralicó. Tremencó. Médano del Cuero. El Cuero. Sus campos.
Capítulo 11. ¿Quién había andado por Ralicó? Los rastreadores. Talento de uno del 12 de línea. Se descubre quién había andado por Ralicó. Cuántos caminos salen del Cuero. El General Emilio Mitre no pudo llegar allí. Su error estratégico.
Capítulo 12. Por dónde habían ido los chasquis. Entrada a los montes. Derechos de piso y agua. Recomendaciones. Despacho de algunas tropillas para el Río Quinto. Los montes. Impresiones filosóficas. Utatriquin. El cuento del arriero.
Capítulo 13. Martes es mal día. Trece es mal número. Los quatorzieme. Marcha nocturna. Pensamientos. Sueño ecuestre. Un latigazo. Historia de un soldado y de Antonio. Alto. Una visión y una mulita.
Capítulo 14. Sueño fantástico. En marcha. Calixto Oyarzábal y sus cuentos. Cómo se busca de noche un camino en la Pampa. Campamento. Los primeros toldos. Se avistan chinas. Algarrobo. Indios.
Capítulo 15. La laguna Verde. Sorpresa. Inspiraciones del gaucho. Encuentros. Grupos de indios. Sus caballos y sus trajes. Bustos. Amenazas. Resolución.
Capítulo 16. El embajador del cacique Ramón y Bustos. Desconfianzas del cacique. Quién era Bustos. Caniupán. Otra vez el embajador de Ramón y Bustos. Un bofetón a tiempo. Mari purrá wentrú. Recepción. Retrato de Ramón. Exigencia de Caniupán. ¡Lo mando al diablo! Conformidad.
Capítulo 17. Un cuerpo sano en alma sana. El mate. Un convidado de piedra. Pánico y desconfianzas de los indios. Historias. Un mensajero de Caniupán. Visitas. En marcha. Calcumuleu. Nuevo mensajero. La noche. Amonestaciones. Primer regalo. Unos bultos colorados.
Capítulo 18. Historia de Crisóstomo. Quiénes eran los bultos colorados. El indio Villarreal y su familia. De noche.
Capítulo 19. El amanecer. Llegada de las cargas. El marchado de la mula. Achauentrú en el Río Cuarto. Un almuerzo en el fogón. Lo que hicieron las chinas en cuanto se levantaron. El cabo Mendoza y Wenchenao. Enojo fingido. Se presenta Caniupán.
Capítulo 20. El camino de Calcumuleu a Leubucó. Los indios en el campo. Su modo de marchar. Cómo descansan a caballo. Qué es tomar caballos a mano. No había novedad. Cruzando un monte. Se divisa Leubucó. Primer parlamento. Cada razón son diez razones.
Capítulo 21. En qué consiste el arte de hacer de una razón varias, razones. De cuántos modos conversan los indios. Sus oradores. Sus rodeos para pedir. Precauciones de los caciques antes de celebrar una junta. Numeración y manera de contar de los ranqueles.
Capítulo 22. Una nube de arena. Cálculos. El ojo del indio. Segundo parlamento. Se avista el toldo de Mariano Rosas. Frente a él.
Capítulo 23. Épocas buenas y malas. En qué cosas cree el autor. La cadena del mundo moral. ¿Será cierto que los padres saben más que los hijos? El Capitán Rivadavia, Hilarión Nicolai. Camargo. Dilaciones.
Capítulo 24. ¡Qué hacer cuando no hay más remedio! Cuál era el objeto de esta otra parada. Pretensiones de la ignorancia. Las brujas. Saludos y regocijos. Qué sucedía mientras tenía lugar el parlamento. Agitación en el toldo de Mariano Rosas. Las brujas vieron al fin lo mismo que el cacique. Cómo estaba formado éste. Qué es Leubucó y qué caminos parten de allí. Echo pie a tierra. Vítores.
Capítulo 25. Gracias a Dios. Empieza el ceremonial. Apretones de mano y abrazos. De cómo casi hube de reventar. Por algo me había de hacer célebre yo. ¿Qué más podían hacer los bárbaros?
Capítulo 26. La enramada de Mariano Rosas. Parlamento y comida. Agasajo. Pasión de los indios por la bebida. Qué es un YAPAÍ. Epumer, hermano mayor de Mariano Rosas. El y yo. Me deshago de mi capa colorada. Regalos. Distribución de aguardiente. Una orgía. Miguelito.
Capítulo 27. Pasión de Miguelito. Los hombres son iguales en todas las circunstancias de la vida. Retrato de Miguelito. Su historia.
Capítulo 28. Teoría sobre el ideal. Miguelito continúa contando su historia. Cuadro de costumbres.
Capítulo 29. El gaucho es un producto peculiar de la tierra argentina. Monomanía de la imitación. Continuación da la historia de Miguelito. Cuadro de costumbres. ¿Qué es filosofar?
Capítulo 30. Mi vademécum y sus méritos. En qué se parece Orión a Roqueplán. Dónde se aprende el mundo. Concluye la historia de Miguelito.
Capítulo 31. Ojeada retrospectiva. El valor a medianoche es el valor por excelencia. Miedo a los perros. Cuento al caso. Qué es LONCOTEAR. Sigue la orgía. Epumer se cree insultado por mí. Una serenata.
Capítulo 32. El negro del acordeón y la música. Reflexiones sobre el criterio vulgar. Sueño fantástico. Lucius Victorius Imperator. Un mensajero nocturno de Mariano Rosas. Se reanuda el sueño fantástico. Mi entrada triunfal en Salinas Grandes. La realidad. Un huésped a quien no le es permitido dormir.
Capítulo 33. Retrato de Mariano Rosas. Su política. Cómo le tomaron prisionero los cristianos. Rosas le hace peón de su estancia del Pino. Su fuga. Agradecimiento por su antiguo patrón. Paralelo. De pillo a pillo. Voto de un indio. Muerte de Painé. Derecho hereditario entre los indios. Los refugiados políticos. Mareo. Mariano Rosas quiere loncotear conmigo. Apuros. Una sombra.
Capítulo 34. Efectos del aguardiente. Una mano femenil. Mi comadre Carmen me cuenta lo sucedido. Unas coplas. La vida de un artista en acordeón, en dos palabras. Preguntas y respuestas. Las obras públicas de Leubucó. Insistencia del organista. Un baño. Mariano Rosas en el corral. Cómo matan los indios la res.
Capítulo 35. El toldo de Mariano Rosas visto de la enramada. Preparativos para recibirme. Un bufón en Leubucó. De visita. Descripción de un toldo. La mesa. El indio y el gaucho. Paralelo afligente. Reflexiones. La comida. Un incidente gaucho.
Capítulo 36. Por qué se me presentaba Camilo Arias. Caracteres de este hombre y de nuestros paisanos. El indio Blanco. Sus amenazas. Le pido una entrevista a Mariano Rosas. Me tranquiliza. Costumbre de los indios. No existe la prostitución de la mujer soltera. Qué es cancanear . El pudor entre las indias. La mujer casada. De cuántos modos se casan las indias. Las viudas. Escena con Rufino Pereira. Igualdad. Miguelito intercede por Rufino.
Capítulo 37. El fogón al amanecer. Quién era Rufino Pereira. Su vida y compromisos conmigo. Cómo consiguen los indios que los caballos de los cristianos adquieran más vigor.
Capítulo 38. Visita del cacique Ramón. Un almuerzo y una conferencia en el toldo de Mariano Rosas. Mi futura ahijada. Ideas de Mariano Rosas sobre el gobierno de los indios comparado con el de los cristianos. Reflexiones al caso. Explico lo que es Presupuesto, Presidente y Constitución. El pueblo comprenderá siempre mejor lo que es la vara de la ley, que la ley
Capítulo 39. Camargo y José de visita en los momentos de recogerme. Me llevaban una música. Horresco referens . Fisonomía de Camargo. Zalamerías de José. Por qué lo respetan los indios a Camargo. Vida de Camargo contada por él mismo. Por qué produce esta tierra tipos como el de Camargo.
Capítulo 40. Noche de hielo. Dónde es realmente triste la vida. Preparativos para la misa. Resuena por primera vez en el desierto el Confiteor Deo Omnipotenti . Recuerdo de mi madre. Trabajos de Mariano Rosas, preparando los ánimos para la junta. Como y duermo. Conferencia diplomática. El archivo de Mariano Rosas. En Leubucó reciben La Tribuna. Imperturbabilidad de Mariano Rosas. Mi comadre Carmen en el fogón.
Capítulo 41. Creencias de los indios. Son uniteístas y antropomorfistas. Gualicho . Respeto por los muertos. Plata enterrada. ¿Será cierto que la civilización corrompe? Crueldad de Bargas, bandido cordobés. Triste condición de los cautivos entre los indios. Heroicidad de algunas mujeres. Unas con otras. Modos de vender. Eufonía de la lengua araucana. ¿La carne de yegua puede ser un antídoto para la tisis?
Capítulo 42. Preparativos para la marcha a las tierras de Baigorrita. Camargo debía acompañarme. Motivos de mi excursión a Quenque. Coliqueo. Recuerdo odioso de él. Unos y otros se han valido de los indios en las guerras civiles. En lo que consistía mi diplomacia. En viaje rumbo al sud. Confidencia de un espía. El espionaje en Leubucó. Poitaua. El algarrobo. Pasión de los indios por el tabaco. Cómo hacen sus pipas. Pitralauquen. Baño y comida. Mi lenguaraz Mora, su fisonomía física y moral.
Capítulo 43. Una noche eterna. Apresto del campo al amanecer después de la helada. En marcha. Encuentro con indios. Me habían descubierto de muy lejos. Medios que emplean los indios para conocer a la distancia si un objeto se mueve o no. La carda. Un monte. Gente de Baigorrita sale a encontrarnos. Baigorrita. Su toldo. Conferencia y regalos. Las botas de mis manos. Corneada. Una cara patibularia.
Capítulo 44. Qué es la vida. Reflexiones. Los perros de los indios. Recuerdos que deben tener de mi magnificencia. Un intérprete. Cambio de razones. Sans façon. Yapaí y yapaí. Detalles. En Santiago y Córdoba los pobres hacen lo mismo que los indios. Fingimiento. Otra vez la cara patibularia. Averiguaciones. Una navaja de barba mal empleada.
Capítulo 45. Dos desconocidos. El cuarterón. El mayor Colchao y su hijo. Una cautiva explica quién era Colchao y refiere su historia. Provocaciones de Caiomuta. Gualicho redondo. Contradicciones del cuarterón. Juan de Dios San Martín. Dudas sobre la fidelidad conyugal. Picando tabaco. Retrato de Baigorrita. Un espía de Calfucurá.
Capítulo 46. Cansancio. Puesta del sol. Un fogón de dos filos. Mis caballos no estaban seguros. Aviso de Baigorrita. Los indios viven robándose unos a otros. La justicia. Los pobres son como los caballos patrios . Cena y sueño. Intentan robarme mis caballos. Cantan los gallos. Visión. El mate. Un cañonazo.
Capítulo 47. Baigorrita se levanta al amanecer y se baña. Saludos. En el toldo de mi futuro compadre. El primer bautismo en Quenque. Deberes recíprocos del padrino y del ahijado. Nociones de los indios sobre Dios. Promesas de mi compadre sobre mi ahijado. Me hablan de una cosa y contesto otra. Lucio Victorio Mansilla sería algún día un gran cacique. Pensamientos locos. Visita al toldo de Caniupán. Usos y costumbres ranquelinas. Un fumador sempiterno.
Capítulo 48. El cuarterón cuenta su historia. Recuerdo de Julián Murga. Los niños de hoy. Diálogo con el cuarterón. Insultos. Nuestros juicios son siempre imperfectos. Un recuerdo de la Imitación de Cristo . Dudas filosóficas. Ultima mirada al fogón. El cuarterón me da lástima. Alarma. Caiomuta ebrio, quiere matarme. Un reptil humano.
Capítulo 49. Medio dormido. Un palote humano. Un baño de aguardiente. Los perros son más leales que los hombres. Preparativos. El comercio entre los indios. Dar y pedir con vuelta . Peligros a que me expuso mi pera. En marcha para Añancué. Una águila mirando al norte, buena señal.
Capítulo 50. Mi compadre Baigorrita me pide caballos prestados. El que entre lobos anda a aullar aprende. Aves de la Pampa. En un monte. Perdido. Las tinieblas. Fantasmas de la imaginación. ¿Somos felices? Disertación sobre el derecho. El miedo. Hallo camino. Me incorporo a mis compañeros. Clarines y cornetas.
Capítulo 51. Mariano Rosas y su gente. ¡Qué valiente animal es el caballo! Un parlamento de noche. Respeto por los ancianos. Reflexiones. La humanidad es buena. Si así no fuese estaría perturbado el equilibrio social. El arrepentimiento es infalible. Lo dejo a mi compadre Baigorrita y me retiro. Un recién llegado. Chañilao. Su retrato.
Capítulo 52. Quién es Chañilao. Su historia. El carácter es un defecto para las medianías. Diferencia entre el paisano y el gaucho. El primero no es nada, el segundo es siempre federal. ¿Tenemos pueblo propiamente hablando? Sentimientos de un maestro de posta cordobés cuando estalló la guerra con el Paraguay. Chañilao y yo. Frescas. Intrigas. Una china.
Capítulo 53. Mi compadrazgo con Baigorrita había alarmado a los de Leubucó. Censura pública. Nubes diplomáticas. Camargo conocía bien a los indios. Confío en él. Camilo y Chañilao no se entienden. En marcha para la junta grande. Quieren que salude a quien no debo. Me niego a ello. Ceden saludos. Empieza la conversación. Discurso inaugural. Entusiasmo que produce Mariano Rosas. El debate. Un tonto no será nunca un héroe.
Capítulo 54. Repito la lectura de los artículos del tratado de paz. Los indios piden más que comer. Mi elocuencia. Mímica. Dificultades. El recuerdo de un sermón de Viernes Santo me salva. El representante de La Liberté en Bruselas y yo. Cargos mutuos. Argumentos etnográficos. Recursos oratorios. En el banco de los acusados. Interpelaciones ad hominem . El traidor calla. Redoblo mi energía e impongo con ella. Se establece la calma. Apéndice. Once mortales horas en el suelo.
Capítulo 55. Revelación. Más había sido el ruido que las nueces. Nuevas representaciones. El último abrazo y el último adiós de mi compadre Baigorrita. Otra vez adiós. Mariano Rosas después de la junta. ¡Qué dulce es la vida lejos del ruido y de los artificios de la civilización! Los enanos nos dan la medida de los gigantes y los bárbaros la medida de la civilización. Una mujer azotada. No era posible dormir tranquilo en Leubucó.
Capítulo 56. La paz estaba definitivamente hecha. El doctor Macías. Gotas maravillosas. Padre e hijo indios. Lo pido a Macías. Visita a Epumer.
Capítulo 57. Fama de Epumer. Me esperaban en su toldo. Recepción. Indias y cristianas. Pasteles y carbonada entre los indios. Amabilidades. Celo apostólico del padre Marcos. Puchero de yegua. Insisto en sacar a Macías. Negativas. Un indio teólogo. Un espectro vivo.
Capítulo 58. Intrigas contra Macías. Envidia de los cristianos. Preparativos para el bautismo. Animación de Leubucó. Aspavientos de las madres. Sentimiento que las dominaba. El mal de este mundo es materia de religión. Mi ahijada, la hija de Mariano Rosas. De gala, con botas de potro de cuero de gato, y vestido de brocado. Invencible curiosidad. No puedo explicar lo que sentí. Una cristalización en el cerebro. Regalos recíprocos. Pobre humanidad.
Capítulo 59. Se acerca la hora de la partida. Desaliento de Macías. El negro del acordeón y un envoltorio. Era un queso. Calixto Oyarzábal anuncia que hay baile. Baile de los indios y de las chinas. En un detalle encuentro a los indios menos civilizados que nosotros.
Capítulo 60. Solo en el fogón. ¿Qué habría pensado yo si hubiera tenido menos de treinta años? Con las mujeres es mejor no estar uno solo. El crimen es hijo de las tinieblas. El silencio es un síntoma alarmante en la mujer. Visitas inesperadas. Yo no sueño sino disparates. Los filósofos antiguos han escrito muchas necedades.
Capítulo 61. La loca de Séneca. El sueño cesáreo se me había convertido en sustancia. Salida inesperada de Mariano Rosas. Un bárbaro pretende que un hombre civilizado sea su instrumento. Confianza en Dios. El hijo del comandante Araya. Dios es grande. Una seña misteriosa.
Capítulo 62. Astucia y resolución de Camilo Arias. Ultima tentativa para sacar a Macías. Un indio entre dos cristianos. Confitemini Domino. Frialdad a la salida. La palabra amigo en Leubucó y en otras partes. El camino de Carrilobo. ¡Horrible! ¡most horrible! Todavía el negro del acordeón. Felicidad pasajera de Macías.
Capítulo 63. A orillas de un monte. Un barómetro humano. En marcha con antorchas. Ecos extraños. Conjeturas. Un chañar convertido en lámpara. Aparición de Macías. Inspiración del gaucho. Alrededores del toldo de Villarreal. Una cena. Cumplo mi palabra.
Capítulo 64. Con quién vivía mi comadre Carmen. Una despedida igual a todas. Yo habría hecho iguales a todas las mujeres. Grupo asqueroso. ¡Adiós! Una faja pampa. Arrepentimiento. Trepando un médano. Desparramo. Perdidos. El Brasil puede alguna vez salvar a los argentinos. Llegamos al toldo de Ramón.
Capítulo 65. El sueño no tiene amo. El toldo de Ramón nada dejaba que desear. Una fragua primitiva. Diálogo entre la civilización y la barbarie. Tengo que humillarme. Se presenta Ramón. Doña Fermina Zárate. Una lección de filosofía práctica. Petrona Jofré y los cordones de nuestro padre San Francisco. Veinte yeguas, sesenta pesos, un poncho y cinco chiripáes por una mujer. Rasgo generoso de Crisóstomo. El hombre ni es un ángel ni una bestia.
Capítulo 66. La familia del cacique Ramón. Spañol. Una invasión. Despacho al capitán Rivadavia. Cuestión de amor propio. Buen sentido de un indio. En Carrilobo soplaba mejor viento que en Leubucó. Suenan los cencerros. Atíncar (Véase bórax). El hombre civilizado nunca acaba de aprender. Me despido. Cómo doman los bárbaros. ¡Ultimos hurrahs!
Capítulo 67. A la vista de la Verde. Murmuraciones. Defecto de lectores y de caminantes. Dos cuentos al caso. Reglas para viajar en la Pampa. La monotonía es capaz de hacer dormir al mejor amigo. Dos polvos. Suerte de Brasil. Reproche de los franciscanos. ¿Tendrán alma los perros? Un obstáculo.
Capítulo 68. Otra vez en la Verde. Ultimos ofrecimientos de Mariano Rosas. Más o menos todo el mundo es como Leubucó. Augurios de la naturaleza. Presentimientos. Resuelvo separarme de mis compañeros. Impresiones. ¡Adiós! Un fantasma. Laguna del Bagual. Encuentro nocturno. Un cielo al revés. Agustinillo . Miseria del hombre.
Epilogo.
Croquis Topográfico de la antigua y nueva línea de Fronteras Sud y Sudeste de Córdoba y Sud de Santa Fe.
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En el fogón no había nadie.
Todos estaban detrás de la cocina, porque en ese sitio no estaba el sol.
Buscaba a quien contarle el uso que mi compadre hacía de mi rica navaja de barba.
Fui, pues, en busca de mis compañeros de peregrinación.
Hablaban con los dos desconocidos.
Les llamé aparte, hicieron una rueda, dejándome dentro, y les conté el caso riéndome a carcajadas.
Unos cuantos, ¡qué bárbaro! se oyeron al mismo tiempo.
Después de un instante de hilaridad, pregunté, ¿qué hombres son ésos con quienes hablaban ustedes?
-No sabemos -contestaron unos.
-Tratábamos de averiguarlo -los franciscanos.
-Vamos a ver -repuse.
Me dirigí a ellos. Todos me siguieron.
-¿Cómo te llamas? -le pregunté al primero que había visto.
Era un cuarterón tostado por el sol, como de cuarenta años.
Tenía una cara que daba miedo, grandes ojos negros redondos, sin brillo, nariz aplastada, por cuyas ventanas salían algunos pelos, boca grande, en la que vagaba una sonrisa sardónica, dejando entrever dos filas de dientes enormes, separados, como los del cocodrilo, todo ello encerrado dentro de un óvalo que empezaba con una frente estrecha, erizada, de cabellos duros y parados como las espinas del puercoespín, y terminaba con una barba aguda ligeramente retorcida para arriba.
Estaba gordo y no tenía una sola arruga en el cutis.
Llevaba un aro de oro en la oreja izquierda, y la barba y el bigote se los había arrancado con pinzas, a lo indio, de manera que en los poros irritados, se había infiltrado el polvo más tenue, dándole con la transpiración, a su antipática facha, el mismo aspecto que hubiera tenido si la hubiesen escarificado con finísimas agujas y tinta china.
Vestía ropa andrajosa. No llevaba calzado, y en sus pies encallecidos resaltaban unas grandes uñas incrustadas como conchas fósiles en calcárea roca.
No me contestó. Pero fijó su mirada vaga en mí.
Volví a interrogarle.
Siguió callado, bajó la vista, la fijó en la tierra e hizo un ademán con los hombros, hundiendo el pescuezo en ellos, como quien dice: no sé, qué le importa a usted.
-Tú has de ser algún bellaco -le dije.
No contestó.
Entonces, dirigiéndome al más joven:
-Y tú, ¿quién eres? -le pregunté.
Parecía un cuadrumano. Era un mono vestido de gaucho. También estaba afeitado a lo indio, y su ropa era nueva y de buena calidad. Tendría diez y ocho años.
-Soy hijo del mayor Colchao -me contestó.
-¿Hijo del mayor Colchao? -repuse con extrañeza.
Una cautiva que se había llegado a nosotros, me dijo:
-Es mi marido.
-¿Tu marido?
-Sí, señor.
-¿Cómo es eso?
-El cacique me ha casado con él.
Me refirió entonces, que era de San Luis, que durante algún tiempo había vivido con un indio muy malo. Que éste había muerto a consecuencia de heridas recibidas en la última invasión que llevaron los ranqueles al Río Quinto cuando los derroté en los Pozos Cavados, cerca de Santa Catalina; y que no habiendo dejado herederos, Baigorrita la había recogido y se la había dado al mayor Colchao, montonero de la gente del Chacho, refugiado en Tierra Adentro. Agregó que Colchao era muy bueno y que ahora era feliz.
-Vea, señor -me decía-, cómo castigaba el indio.
Y mostraba los brazos y el seno cubiertos de moretones empedernidos y de cicatrices.
-Así -añadía con mezclada expresión de candor y crueldad-, yo rogaba a Dios que el indio echara por la herida cuanto comiese. Porque tenía un balazo en el pescuezo y por ahí se le salía todo envuelto con el humor y...
Me dio asco aquella desdichada, cuyos ojos eran hermosísimos. Tenía una lubricidad incitante en la fisonomía.
Era esbelta y graciosa.
A fin de que no continuara el repugnante relato de las agonías de su opresor, y queriendo saber quién era ese mayor Colchao, preguntándole:
-¿Y quién es Colchao?
-Ese hombre que habrá visto, señor, aquí, el que traía enlazada la res que le carneamos.
Yo lo había tomado por un indio.
Era un hombre insignificante. Mi compadre tenía mucha confianza en él. Hacía de capataz suyo.
-¿Y este muchacho, dices que es hijo de Colchao? -volví a preguntarle.
-Sí, señor, -repitió.
-¿Y, dónde vives tú?, -le pregunté a aquél.
-En la toldería del capitanejo Estanislao.
-¿Cerca de aquí?
-No, señor.
-¿Qué distancia hay?
-Un día de camino (son treinta leguas en lenguaje convencional de los indios).
-¿Y a ese hombre le conoces?, -le pregunté, señalándole al cuarterón.
-Sí, señor.
-¿Desde cuándo?
-Hace tres días.
-¿Tres días no más?
-Sí, señor.
-¿Cómo, así?
-Lo he conocido en el campo, viniendo para acá.
-¿De dónde venías?
-Del toldo de Estanislao.
-¿En qué rumbo queda?
-Aquí (señalando el sudeste).
-¿En qué venía?
-A caballo.
-¿Con cuántos caballos?
-En el montado.
-¿Y de dónde venía?
-De lo de Calfucurá.
-¿Qué, por ahí va el camino?
-Por ahí.
-¿Y cuántos días de camino hay del toldo de Estanislao a lo de Calfucurá?
-Dos días y medio.
-¿Y habla castellano ese hombre?
-Sí señor.
Aquí interrumpí el diálogo con el hijo de Colchao, y dirigiéndome al otro, le dije:
-¿Conque te estabas haciendo el zonzo?
No contestó.
-Hablá, imbécil, -le dije.
-Tengo vergüenza, -me contestó.
-Has de ser algún bandido -repuse- y dándole las espaldas, les dije en voz baja a mis ayudantes:
-Averígüenle la vida.
Iba a retirarme, pero se me ocurrió una pregunta esencial. Se la hice.
-¿De dónde eres?
-De Patagones.
-¡Ah! -dijo mi ayudante Rodriguez-, a mí me has dicho hace un rato que chileno.
-Y a mí, no recuerdo quién, que de Bahía Blanca.
-Sí, ha de ser algún pícaro, -les contesté.
Y esto diciendo, me dirigí al toldo de mi compadre.
Estaba como le había dejado, en la misma postura, seguía picando tabaco con la navaja y hablaba con Juan de Dios San Martín.
Me senté, y le hice preguntar por el lenguaraz quién era el desconocido.
Me contestó que no sabía, que lo había visto; pero que había creído que era de mi gente.
Juan de Dios San Martín dijo que él no había reparado en semejante hombre.
Le observé a mi compadre que cómo había podido tomar por hombre mío un rotoso como ése.
Se encogió de hombros, y le ordenó a San Martín que averiguase quién era, de dónde venía, qué quería.
San Martín salió.
Yo me eché en el suelo, como en un mullido sofá.
Mi compadre siguió imperturbable picando su tabaco.
Estuvimos en silencio, mientras San Martín indagó lo que queríamos saber. Juan de Dios San Martín era el lenguaraz de mi compadre, su secretario, su amigo, sirviente y confidente. Varias veces como representante suyo estuvo en el Río Cuarto.
Es un roto chileno, vivo como un rayo, taimado y melifluo: que sabe tirar y aflojar cuando conviene. Tiene treinta años y sabe leer y escribir perfectamente bien. Tenía varios libros, entre ellos un tratado de geografía.
Como su cara hay muchas. No tiene nada notable. Es blanco y de sangre pura. Según él, está entre los indios por rescatar algunos parientes mendocinos. Será o no verdad. Yo sólo sé que estando en el Río Cuarto, entre varias cautivas que me mandó Mariano Rosas, que entregué al padre Burela, venía una de unos diez y siete años, que se decía prima suya y que le estaba muy agradecida.
Pretendía también San Martín estar muy enamorado de una chiquilla de catorce años, que había sido ya querida de mi compadre, quien se la había vendido. Y decía que saldría de los indios cuando se la acabara de pagar. La chiquilla andaba por allí, era bonita y muy inocentona al parecer. Lo mismo que estaba con San Martín hubiera estado con otro. Era mendocina y vestía exactamente como una india. Su donosura contrastaba en extremo con su desaseo. Reía y jugaba con todos mis ayudantes con infantil desenfado, y su dueño no se curaba de ello.
El derecho de vida o muerte que tenía sobre la pobre le inspiraba sin duda esa confianza. La institución es bárbara, nadie lo pondrá en duda. Pero hay que reconocer que entre los indios nadie se mata por celos. Algo más; hay que reconocer que los casos de infidelidad son rarísimos allí.
Mientras llega San Martín con las noticias que ha ido a traer, se me ocurre preguntar: la virtud de la fidelidad conyugal que no puede ser convencional sino que debe tener por base un sentimiento, el amor, ¿dónde está más segura, entre los ranqueles o entre los cristianos?
Me guardo bien de contestar.
Prefiero esperar a San Martín, llamando tu atención, Santiago amigo, sobre los tipos que se refugian entre los indios. Calcula si ellos conocerán bien a los cristianos, sus ideas, sus tendencias, sus proyectos futuros, teniendo a su lado secretarios, lenguaraces, amigos íntimos por el estilo del que te acabo de bosquejar.
Aquel mundo es realmente digno de estudio. Lo tenemos encima, golpeando diariamente nuestras puertas, como los enemigos de Roma, en sus horas aciagas, ¿y qué sabemos de él?
Que nos roban.
Es bastante; pero no es una noticia nueva para el país. Tanto valiera decirle: hay guerra civil en Entre Ríos. La conciencia pública lo sabe, no lo ve, pero lo siente. Ella pregunta otra cosa. ¿Cuál es el remedio que costando menos sangre puede conciliar el hecho con el derecho ? ¿Y por qué pregunta eso? Porque mientras para todo le presentéis el filo de una espada, la clemencia humana estará en su derecho de exclamar: ¡Fratricidas!
San Martín volvió diciendo que el desconocido venía de las tolderías de Calfucurá.
Mi compadre no manifestó extrañeza alguna.
-¿Y cómo es -le pregunté- que ustedes no se fijan en los que vienen y están una porción de días en sus casas?
-Aquí viene el que quiere, compadre -me contestó.
-¿Y si vienen a espiar?
-¿Y qué van a espiar?
-Pero lo que ustedes hacen.
-Nosotros hacemos toda la vida lo mismo.
Le hice una seña a San Martín, salí del toldo y me siguió.
Mi compadre continuó picando su tabaco, le quedaba aún un rollo tucumano.
San Martín me había servido con lealtad en otras ocasiones. Le encargué que tomara más informes sobre el desconocido, y se marchó. Al separarse de mí, el padre Marcos vino a decirme que aquél me pedía una camisa y unos calzoncillos, yerba, tabaco y papel.
Todo se me había concluido. Pero donde hay soldados no faltan jamás corazones desprendidos y generosos.
Llamé un asistente y le dije que me buscara entre sus compañeros una camisa y un calzoncillo, y todo lo demás que pedía el desconocido. Hizo una junta: a éste le pidió una cosa, a aquél otra, al uno yerba, al otro azúcar, tabaco y papel, y volvió al punto con la contribución.
Le di todo al padre Marcos, y el buen franciscano se fue muy contento, llevándoselo todo a su protegido. Me senté a descansar en un diván que con caronas y ponchos me improvisaron los soldados.
Dormitaba, cuando oí un tropel de caballos y una voz de indio que, con acento de embriaguez preguntaba:
-¿Dónde está ese coronel Mansilla?
Hablaba con los que estaban detrás de la cocina.
-Ahí -le contestaron.
Un jinete indio se me presentó, pisándome casi, con las patas del caballo.
Le reconocí en el acto; era Caiomuta, y viendo que estaba ebrio le miré con afectado desprecio y no le dije nada.
-Vos, coronel Mansilla-, gritó el bárbaro, clavándole ferozmente las espuelas al caballo, rayándolo y levantando una nube de polvo que me envolvió.
Creí que iba a atropellarme.
Callé, me puse en pie y en ademán de defenderme.
-Vos, coronel Mansilla- volvió a gritarme.
-Sí- le contesté secamente.
-¡Ahhhh! -hizo.
Permanecí en silencio, y como se retirara unos cuantos pasos, avancé sobre él, cubriendo mi frente con el fogón que presentaba el obstáculo de unos grandes montones de leña.
-¿Vos amigo indio?-, me dijo.
-Sí, le contesté-, y avancé para darle la mano.
Me rechazó, diciendo:
-Yo dando mano amigo no más.
-Yo soy tu amigo.
-¿Por qué entonces midiendo tierra, gualicho redondo?
Gualicho redondo, era mi aguja de marear óptica, de la que me había servido infinidad de veces, en la travesía del Río Quinto a Leubucó.
-Eso no es para medir la tierra-, le contesté.
-Vos engañando-, repuso.
-Yo no miento.
-¿Y entonces qué haciendo gualicho redondo?
-Era para saber el rumbo, dónde quedaba el norte.
-¿Y para qué haciendo eso, teniendo camino y baqueano?
-Porque cuando ando por los campos me gusta saber derecho a dónde voy.
-¡Winca! ¡winca!- murmuró. Y en voz alta y volviendo a rayar el caballo, en círculos concéntricos para lucir la rienda del animal y su destreza, gritó:
-¡Engañando!
Llegaron varios indios, hablaron a un mismo tiempo y rodeándome, me dijeron:
-Dando camisa.
-No tengo -contesté secamente.
Caiomuta, con ojos mal intencionados me echó encima el caballo, balanceándose sobre él con dificultad, y me dijo:
-Vos rico, dando, pues, pobre indio.
-Yo no doy nada a quien no es mi amigo-, le contesté, frunciendo el ceño y apostrofándole de bárbaro. Recogió el caballo como para atropellarme. Me retiré. Llegaron mis ayudantes y mis asistentes y me rodearon.
-¡Winca!, ¡winca!-, bramó el indio.
Juan de Dios San Martín se presentó en ese momento y me dijo que decía Baigorrita que no le hiciera caso a su hermano, que me fuera a su toldo. Y de su cuenta agregó: "Ese indio, señor, tiene muy malas entrañas".
Me pareció desdoroso abandonar el campo.
Le contesté a mi compadre que no tuviese cuidado.
Caiomuta se echó al coleto un trago, como un chorro, de una limeta de aguardiente que llevaba en la mano derecha, y picando el caballo y vociferando insultos contra Baigorrita, a quien tachaba de ladrón, y diciéndoles a los otros que le siguieran, se lanzó a toda brida, por unos arenales donde parecía imposible que el caballo corriera. Queriendo evitar un segundo diálogo, me dirigí al toldo de mi compadre; pero viendo al padre Marcos con el desconocido, hice un rodeo y me acerqué a ellos.
-Y al fin, ¿de dónde eres? -le pregunté-, ¿de Chile, de Patagones o de Bahía Blanca?
No me contestó.
-¿Conque tienes lengua para pedir y no la tienes para contestar? -agregué.
-Yo no he pedido nada -contestó por primera vez con acento porteño.
-Lo que yo debía hacer era quitarte por soberbio lo que te he dado -le dije.
-Ahí está- murmuró con desprecio.
Me retiré. Aquel hombre me alteraba la sangre, y entré en el toldo de mi compadre.
Seguía picando tabaco.
Me hizo señas de que tomara asiento.
Me senté.
Trajeron puchero.
Comí.
A mi compadre le sirvieron un riñón de cordero, caliente, crudo y un bofe de vaca fiambre, aliñado con cebolla y sal.
Me ofreció un bocado.
Acepté.
El riñón era incomible, hedía como álcali volátil; pero lo mastiqué procurando no hacer gestos y lo tragué.
El bofe era pasable; pero prefiero no volver a probarlo en mi vida. Como no había lenguaraz no hablábamos sino una que otra palabra. Aproveché el tiempo para observar la fisonomía de aquel picador de tabaco , imperturbable, especie de patriarca.
Manuel Baigorria, alias Baigorrita, tiene treinta y dos años. Se llama así porque su padrino de bautismo fue el gaucho puntano de ese nombre, que en tiempos del cacique Pichún, de quien era muy amigo, vivió en Tierra Adentro. Su madre fue una señora cautiva del Morro. Allí vivía no ha mucho con su familia, rescatada, no puedo decir en qué época. Baigorrita tiene la talla mediana, predominando en su fisonomía el tipo español. Sus ojos son negros, grandes, redondos y brillantes; su nariz respingada y abierta; su boca regular; sus labios gruesos; su barba corta y ancha. Tiene una cabellera larga, negra y lacia, y una frente espaciosa, que no carece de nobleza. Su mirada es dulce, bravía algunas veces. En este conjunto sobresalen los instintos carnales y cierta inclinación a las emociones fuertes, envuelto todo en las brumas de una melancolía genial.
Con otro tipo mi compadre sería un árabe.
Es muy aficionado a las mujeres, jugador y pobre; tiene reputación de valiente, de manso y prestigio militar entre sus indios.
Sus costumbres son sencillas, no es lujoso ni en los arreos de su caballo.
Me habló varias veces con ternura de la madre, manifestándome el deseo de ir al Morro a visitar sus parientes.
Caiomuta es su hermano menor por parte de padre. Son enemigos. Caiomuta es rico, ladrón como Caco, borracho como Baco y malo como Satanás. Insolente, violento, audaz, aborrecido de la generalidad. Pero es fuerte, porque tiene un circulito de desalmados que le siguen ciegamente ayudándole a perpetrar todas sus maldades. Concluía el estudio de los rasgos fisonómicos de mi compadre, cuando se presentó San Martín.
Cambió algunas palabras en lengua araucana con aquél, y diciéndome en un aparte que tenía algo que comunicarme, se retiró.
Hasta luego, le dije a Baigorrita, que sin dejar de picar su tabaco, me contestó ¡adió! (Los indios, como los negros, no pronuncian generalmente las eses finales), y fui a ver qué me quería San Martín.
En cuanto me acerqué a él, me dijo:
-Señor, el hombre es un espía de Calfucurá.
-¿Y tras de qué anda?
-Viene a ver qué hace usted aquí. Allí temen que usted mueva estas indiadas contra aquéllas.
-¿Y se lo has dicho a Baigorrita ahora lo que hablaste con él?
-No, señor.
-Avísaselo, pues.
San Martín obedeció.
Yo me quedé pensando en la cautelosa previsión de Calfucurá, el gran político y guerrero de la Pampa, tan temido por su poder como por su sabiduría.
La noticia de mi arribo a las tolderías de los ranqueles, le había sido trasmitida por Mariano Rosas, junto con una consulta, en su calidad de aliado por simpatía de raza.
Su contestación había sido, que la paz convenía, que no trepidase en sellarla y cumplirla.
Al mismo tiempo habla enviado un emisario secreto.
¿Hombres de Estado cultos habrían procedido de otra manera?
¿La diplomacia moderna es más sincera y menos desconfiada?
Tú, que vives en Europa, donde nacieron y gobernaron Richelieu, Mazarino, Walpole, Alberoni, Talleyrand y Metternich, en Europa, que nos da la norma en todo, lo dirás.