Una Excursión a los Indios Ranqueles

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plusUna Excursión a los Indios Ranqueles
Lucio V. Mansilla

Presentación

Índice

Capítulo 1. Dedicatoria. Aspiraciones de un tourist. Los gustos con el tiempo. Por qué se pelea un padre con un hijo. Quiénes son los ranqueles. Un tratado internacional con los indios. Teoría de los extremos. Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los ríos Cuarto y Quinto. De dónde parte el camino del Cuero.

Capítulo 2. Deseos de un viaje a los ranqueles. Una china y un bautismo. Peligros de la diplomacia militar con los indios. El indio Linconao. Mañas de los indios. Efectos del deber sobre el temperamento. ¿Qué es un parlamento? Desconfianza de los indios para beber y fumar. Sus preocupaciones al comer y beber. Un lenguaraz. Cuánto dura un parlamento y qué se hace en él. Linconao atacado de las viruelas. Efecto de la viruela en los indios. Gratitud de Linconao. Reserva de un fraile.

Capítulo 3. Quién conocía mi secreto. El Río Quinto. El paso del Lechuzo. Defecto de un fraile. Compromiso recíproco. Preparativos para la marcha. Resistencia de los gauchos. Cambio de opiniones sobre la fatalidad histórica de las razas humanas. Sorpresa de Achauentrú al saber que me iba a los indios. Pensamiento que me preocupaba. Ofrecimientos y pedidos de Achauentrú. Fray Moisés Álvarez. Temores de los indios. Seguridades que les di. Efectos de la digestión sobre el humor. Las mujeres del fuerte Sarmiento. Un simulacro.

Capítulo 4. Idea a que no nos resignamos. La partida. Lenguaje de los paisanos. Qué es una rastrillada. El público sabe muchas mentiras e ignora muchas verdades. Qué es un guadal. El caballo y la mula. Una despedida militar. La Laguna Alegre.

Capítulo 5. El fogón. Calixto Oyarzábal. El cabo Gómez. De qué fue a la guerra del Paraguay. Por qué lo hicieron soldado de línea. José Ignacio Garmendia y Maximio Alcorta. Predisposiciones mías en favor de Gómez. Su conducta en el batallón 12 de línea. Primera entrevista con él. Su figura en el asalto de Curupaití. La lista después del combate. El cabo Gómez muerto.

Capítulo 6. Regreso de Curupaití. Resurrección del cabo Gómez. Cómo se salvó. Sencillo relato. Posibilidad de que un pensamiento se realice. Dos escuelas filosóficas. Un asesinato que nadie había visto. Sospechas.

Capítulo 7. Presentimientos de la multitud. Un asesino sin saberlo. Deseos de salvarle. Averiguaciones. Un fiscal confuso. Juicios contradictorios. Agustín Mariño, auditor del Ejército Argentino. Consejo de guerra. Dudas. Sentencia del cabo Gómez. Se confirma la pena de muerte. Preparativos. La ejecución. Una aparición.

Capítulo 8. El palmar de Yataití. Sepulcro de un soldado. Su memoria. Sus últimos deseos cumplidos. El rancho del General Gelly y lo que allí pasó. Resurrección. Visión realizada. Fanatismo.

Capítulo 9. La Alegre. En qué rumbo salimos. ¿Los viajes son un placer? Por qué se viaja. Monte de la Vieja. El alpataco. El Zorro Colgado. Pollo-helo. Us-helo. Qué es aplastarse un caballo. Coli-Mula. La trasnochada. Precauciones.

Capítulo 10. No es posible seguir la marcha. Civilización y barbarie. En qué consiste la primera. Reflexiones sobre este tópico. En marcha. Manera de cambiar de perspectiva sin salir de un mismo lugar. Asombroso adelanto de estas tierras. Ralicó. Tremencó. Médano del Cuero. El Cuero. Sus campos.

Capítulo 11. ¿Quién había andado por Ralicó? Los rastreadores. Talento de uno del 12 de línea. Se descubre quién había andado por Ralicó. Cuántos caminos salen del Cuero. El General Emilio Mitre no pudo llegar allí. Su error estratégico.

Capítulo 12. Por dónde habían ido los chasquis. Entrada a los montes. Derechos de piso y agua. Recomendaciones. Despacho de algunas tropillas para el Río Quinto. Los montes. Impresiones filosóficas. Utatriquin. El cuento del arriero.

Capítulo 13. Martes es mal día. Trece es mal número. Los quatorzieme. Marcha nocturna. Pensamientos. Sueño ecuestre. Un latigazo. Historia de un soldado y de Antonio. Alto. Una visión y una mulita.

Capítulo 14. Sueño fantástico. En marcha. Calixto Oyarzábal y sus cuentos. Cómo se busca de noche un camino en la Pampa. Campamento. Los primeros toldos. Se avistan chinas. Algarrobo. Indios.

Capítulo 15. La laguna Verde. Sorpresa. Inspiraciones del gaucho. Encuentros. Grupos de indios. Sus caballos y sus trajes. Bustos. Amenazas. Resolución.

Capítulo 16. El embajador del cacique Ramón y Bustos. Desconfianzas del cacique. Quién era Bustos. Caniupán. Otra vez el embajador de Ramón y Bustos. Un bofetón a tiempo. Mari purrá wentrú. Recepción. Retrato de Ramón. Exigencia de Caniupán. ¡Lo mando al diablo! Conformidad.

Capítulo 17. Un cuerpo sano en alma sana. El mate. Un convidado de piedra. Pánico y desconfianzas de los indios. Historias. Un mensajero de Caniupán. Visitas. En marcha. Calcumuleu. Nuevo mensajero. La noche. Amonestaciones. Primer regalo. Unos bultos colorados.

Capítulo 18. Historia de Crisóstomo. Quiénes eran los bultos colorados. El indio Villarreal y su familia. De noche.

Capítulo 19. El amanecer. Llegada de las cargas. El marchado de la mula. Achauentrú en el Río Cuarto. Un almuerzo en el fogón. Lo que hicieron las chinas en cuanto se levantaron. El cabo Mendoza y Wenchenao. Enojo fingido. Se presenta Caniupán.

Capítulo 20. El camino de Calcumuleu a Leubucó. Los indios en el campo. Su modo de marchar. Cómo descansan a caballo. Qué es tomar caballos a mano. No había novedad. Cruzando un monte. Se divisa Leubucó. Primer parlamento. Cada razón son diez razones.

Capítulo 21. En qué consiste el arte de hacer de una razón varias, razones. De cuántos modos conversan los indios. Sus oradores. Sus rodeos para pedir. Precauciones de los caciques antes de celebrar una junta. Numeración y manera de contar de los ranqueles.

Capítulo 22. Una nube de arena. Cálculos. El ojo del indio. Segundo parlamento. Se avista el toldo de Mariano Rosas. Frente a él.

Capítulo 23. Épocas buenas y malas. En qué cosas cree el autor. La cadena del mundo moral. ¿Será cierto que los padres saben más que los hijos? El Capitán Rivadavia, Hilarión Nicolai. Camargo. Dilaciones.

Capítulo 24. ¡Qué hacer cuando no hay más remedio! Cuál era el objeto de esta otra parada. Pretensiones de la ignorancia. Las brujas. Saludos y regocijos. Qué sucedía mientras tenía lugar el parlamento. Agitación en el toldo de Mariano Rosas. Las brujas vieron al fin lo mismo que el cacique. Cómo estaba formado éste. Qué es Leubucó y qué caminos parten de allí. Echo pie a tierra. Vítores.

Capítulo 25. Gracias a Dios. Empieza el ceremonial. Apretones de mano y abrazos. De cómo casi hube de reventar. Por algo me había de hacer célebre yo. ¿Qué más podían hacer los bárbaros?

Capítulo 26. La enramada de Mariano Rosas. Parlamento y comida. Agasajo. Pasión de los indios por la bebida. Qué es un YAPAÍ. Epumer, hermano mayor de Mariano Rosas. El y yo. Me deshago de mi capa colorada. Regalos. Distribución de aguardiente. Una orgía. Miguelito.

Capítulo 27. Pasión de Miguelito. Los hombres son iguales en todas las circunstancias de la vida. Retrato de Miguelito. Su historia.

Capítulo 28. Teoría sobre el ideal. Miguelito continúa contando su historia. Cuadro de costumbres.

Capítulo 29. El gaucho es un producto peculiar de la tierra argentina. Monomanía de la imitación. Continuación da la historia de Miguelito. Cuadro de costumbres. ¿Qué es filosofar?

Capítulo 30. Mi vademécum y sus méritos. En qué se parece Orión a Roqueplán. Dónde se aprende el mundo. Concluye la historia de Miguelito.

Capítulo 31. Ojeada retrospectiva. El valor a medianoche es el valor por excelencia. Miedo a los perros. Cuento al caso. Qué es LONCOTEAR. Sigue la orgía. Epumer se cree insultado por mí. Una serenata.

Capítulo 32. El negro del acordeón y la música. Reflexiones sobre el criterio vulgar. Sueño fantástico. Lucius Victorius Imperator. Un mensajero nocturno de Mariano Rosas. Se reanuda el sueño fantástico. Mi entrada triunfal en Salinas Grandes. La realidad. Un huésped a quien no le es permitido dormir.

Capítulo 33. Retrato de Mariano Rosas. Su política. Cómo le tomaron prisionero los cristianos. Rosas le hace peón de su estancia del Pino. Su fuga. Agradecimiento por su antiguo patrón. Paralelo. De pillo a pillo. Voto de un indio. Muerte de Painé. Derecho hereditario entre los indios. Los refugiados políticos. Mareo. Mariano Rosas quiere loncotear conmigo. Apuros. Una sombra.

Capítulo 34. Efectos del aguardiente. Una mano femenil. Mi comadre Carmen me cuenta lo sucedido. Unas coplas. La vida de un artista en acordeón, en dos palabras. Preguntas y respuestas. Las obras públicas de Leubucó. Insistencia del organista. Un baño. Mariano Rosas en el corral. Cómo matan los indios la res.

Capítulo 35. El toldo de Mariano Rosas visto de la enramada. Preparativos para recibirme. Un bufón en Leubucó. De visita. Descripción de un toldo. La mesa. El indio y el gaucho. Paralelo afligente. Reflexiones. La comida. Un incidente gaucho.

Capítulo 36. Por qué se me presentaba Camilo Arias. Caracteres de este hombre y de nuestros paisanos. El indio Blanco. Sus amenazas. Le pido una entrevista a Mariano Rosas. Me tranquiliza. Costumbre de los indios. No existe la prostitución de la mujer soltera. Qué es cancanear . El pudor entre las indias. La mujer casada. De cuántos modos se casan las indias. Las viudas. Escena con Rufino Pereira. Igualdad. Miguelito intercede por Rufino.

Capítulo 37. El fogón al amanecer. Quién era Rufino Pereira. Su vida y compromisos conmigo. Cómo consiguen los indios que los caballos de los cristianos adquieran más vigor.

Capítulo 38. Visita del cacique Ramón. Un almuerzo y una conferencia en el toldo de Mariano Rosas. Mi futura ahijada. Ideas de Mariano Rosas sobre el gobierno de los indios comparado con el de los cristianos. Reflexiones al caso. Explico lo que es Presupuesto, Presidente y Constitución. El pueblo comprenderá siempre mejor lo que es la vara de la ley, que la ley

Capítulo 39. Camargo y José de visita en los momentos de recogerme. Me llevaban una música. Horresco referens . Fisonomía de Camargo. Zalamerías de José. Por qué lo respetan los indios a Camargo. Vida de Camargo contada por él mismo. Por qué produce esta tierra tipos como el de Camargo.

Capítulo 40. Noche de hielo. Dónde es realmente triste la vida. Preparativos para la misa. Resuena por primera vez en el desierto el Confiteor Deo Omnipotenti . Recuerdo de mi madre. Trabajos de Mariano Rosas, preparando los ánimos para la junta. Como y duermo. Conferencia diplomática. El archivo de Mariano Rosas. En Leubucó reciben La Tribuna. Imperturbabilidad de Mariano Rosas. Mi comadre Carmen en el fogón.

Capítulo 41. Creencias de los indios. Son uniteístas y antropomorfistas. Gualicho . Respeto por los muertos. Plata enterrada. ¿Será cierto que la civilización corrompe? Crueldad de Bargas, bandido cordobés. Triste condición de los cautivos entre los indios. Heroicidad de algunas mujeres. Unas con otras. Modos de vender. Eufonía de la lengua araucana. ¿La carne de yegua puede ser un antídoto para la tisis?

Capítulo 42. Preparativos para la marcha a las tierras de Baigorrita. Camargo debía acompañarme. Motivos de mi excursión a Quenque. Coliqueo. Recuerdo odioso de él. Unos y otros se han valido de los indios en las guerras civiles. En lo que consistía mi diplomacia. En viaje rumbo al sud. Confidencia de un espía. El espionaje en Leubucó. Poitaua. El algarrobo. Pasión de los indios por el tabaco. Cómo hacen sus pipas. Pitralauquen. Baño y comida. Mi lenguaraz Mora, su fisonomía física y moral.

Capítulo 43. Una noche eterna. Apresto del campo al amanecer después de la helada. En marcha. Encuentro con indios. Me habían descubierto de muy lejos. Medios que emplean los indios para conocer a la distancia si un objeto se mueve o no. La carda. Un monte. Gente de Baigorrita sale a encontrarnos. Baigorrita. Su toldo. Conferencia y regalos. Las botas de mis manos. Corneada. Una cara patibularia.

Capítulo 44. Qué es la vida. Reflexiones. Los perros de los indios. Recuerdos que deben tener de mi magnificencia. Un intérprete. Cambio de razones. Sans façon. Yapaí y yapaí. Detalles. En Santiago y Córdoba los pobres hacen lo mismo que los indios. Fingimiento. Otra vez la cara patibularia. Averiguaciones. Una navaja de barba mal empleada.

Capítulo 45. Dos desconocidos. El cuarterón. El mayor Colchao y su hijo. Una cautiva explica quién era Colchao y refiere su historia. Provocaciones de Caiomuta. Gualicho redondo. Contradicciones del cuarterón. Juan de Dios San Martín. Dudas sobre la fidelidad conyugal. Picando tabaco. Retrato de Baigorrita. Un espía de Calfucurá.

Capítulo 46. Cansancio. Puesta del sol. Un fogón de dos filos. Mis caballos no estaban seguros. Aviso de Baigorrita. Los indios viven robándose unos a otros. La justicia. Los pobres son como los caballos patrios . Cena y sueño. Intentan robarme mis caballos. Cantan los gallos. Visión. El mate. Un cañonazo.

Capítulo 47. Baigorrita se levanta al amanecer y se baña. Saludos. En el toldo de mi futuro compadre. El primer bautismo en Quenque. Deberes recíprocos del padrino y del ahijado. Nociones de los indios sobre Dios. Promesas de mi compadre sobre mi ahijado. Me hablan de una cosa y contesto otra. Lucio Victorio Mansilla sería algún día un gran cacique. Pensamientos locos. Visita al toldo de Caniupán. Usos y costumbres ranquelinas. Un fumador sempiterno.

Capítulo 48. El cuarterón cuenta su historia. Recuerdo de Julián Murga. Los niños de hoy. Diálogo con el cuarterón. Insultos. Nuestros juicios son siempre imperfectos. Un recuerdo de la Imitación de Cristo . Dudas filosóficas. Ultima mirada al fogón. El cuarterón me da lástima. Alarma. Caiomuta ebrio, quiere matarme. Un reptil humano.

Capítulo 49. Medio dormido. Un palote humano. Un baño de aguardiente. Los perros son más leales que los hombres. Preparativos. El comercio entre los indios. Dar y pedir con vuelta . Peligros a que me expuso mi pera. En marcha para Añancué. Una águila mirando al norte, buena señal.

Capítulo 50. Mi compadre Baigorrita me pide caballos prestados. El que entre lobos anda a aullar aprende. Aves de la Pampa. En un monte. Perdido. Las tinieblas. Fantasmas de la imaginación. ¿Somos felices? Disertación sobre el derecho. El miedo. Hallo camino. Me incorporo a mis compañeros. Clarines y cornetas.

Capítulo 51. Mariano Rosas y su gente. ¡Qué valiente animal es el caballo! Un parlamento de noche. Respeto por los ancianos. Reflexiones. La humanidad es buena. Si así no fuese estaría perturbado el equilibrio social. El arrepentimiento es infalible. Lo dejo a mi compadre Baigorrita y me retiro. Un recién llegado. Chañilao. Su retrato.

Capítulo 52. Quién es Chañilao. Su historia. El carácter es un defecto para las medianías. Diferencia entre el paisano y el gaucho. El primero no es nada, el segundo es siempre federal. ¿Tenemos pueblo propiamente hablando? Sentimientos de un maestro de posta cordobés cuando estalló la guerra con el Paraguay. Chañilao y yo. Frescas. Intrigas. Una china.

Capítulo 53. Mi compadrazgo con Baigorrita había alarmado a los de Leubucó. Censura pública. Nubes diplomáticas. Camargo conocía bien a los indios. Confío en él. Camilo y Chañilao no se entienden. En marcha para la junta grande. Quieren que salude a quien no debo. Me niego a ello. Ceden saludos. Empieza la conversación. Discurso inaugural. Entusiasmo que produce Mariano Rosas. El debate. Un tonto no será nunca un héroe.

Capítulo 54. Repito la lectura de los artículos del tratado de paz. Los indios piden más que comer. Mi elocuencia. Mímica. Dificultades. El recuerdo de un sermón de Viernes Santo me salva. El representante de La Liberté en Bruselas y yo. Cargos mutuos. Argumentos etnográficos. Recursos oratorios. En el banco de los acusados. Interpelaciones ad hominem . El traidor calla. Redoblo mi energía e impongo con ella. Se establece la calma. Apéndice. Once mortales horas en el suelo.

Capítulo 55. Revelación. Más había sido el ruido que las nueces. Nuevas representaciones. El último abrazo y el último adiós de mi compadre Baigorrita. Otra vez adiós. Mariano Rosas después de la junta. ¡Qué dulce es la vida lejos del ruido y de los artificios de la civilización! Los enanos nos dan la medida de los gigantes y los bárbaros la medida de la civilización. Una mujer azotada. No era posible dormir tranquilo en Leubucó.

Capítulo 56. La paz estaba definitivamente hecha. El doctor Macías. Gotas maravillosas. Padre e hijo indios. Lo pido a Macías. Visita a Epumer.

Capítulo 57. Fama de Epumer. Me esperaban en su toldo. Recepción. Indias y cristianas. Pasteles y carbonada entre los indios. Amabilidades. Celo apostólico del padre Marcos. Puchero de yegua. Insisto en sacar a Macías. Negativas. Un indio teólogo. Un espectro vivo.

Capítulo 58. Intrigas contra Macías. Envidia de los cristianos. Preparativos para el bautismo. Animación de Leubucó. Aspavientos de las madres. Sentimiento que las dominaba. El mal de este mundo es materia de religión. Mi ahijada, la hija de Mariano Rosas. De gala, con botas de potro de cuero de gato, y vestido de brocado. Invencible curiosidad. No puedo explicar lo que sentí. Una cristalización en el cerebro. Regalos recíprocos. Pobre humanidad.

Capítulo 59. Se acerca la hora de la partida. Desaliento de Macías. El negro del acordeón y un envoltorio. Era un queso. Calixto Oyarzábal anuncia que hay baile. Baile de los indios y de las chinas. En un detalle encuentro a los indios menos civilizados que nosotros.

Capítulo 60. Solo en el fogón. ¿Qué habría pensado yo si hubiera tenido menos de treinta años? Con las mujeres es mejor no estar uno solo. El crimen es hijo de las tinieblas. El silencio es un síntoma alarmante en la mujer. Visitas inesperadas. Yo no sueño sino disparates. Los filósofos antiguos han escrito muchas necedades.

Capítulo 61. La loca de Séneca. El sueño cesáreo se me había convertido en sustancia. Salida inesperada de Mariano Rosas. Un bárbaro pretende que un hombre civilizado sea su instrumento. Confianza en Dios. El hijo del comandante Araya. Dios es grande. Una seña misteriosa.

Capítulo 62. Astucia y resolución de Camilo Arias. Ultima tentativa para sacar a Macías. Un indio entre dos cristianos. Confitemini Domino. Frialdad a la salida. La palabra amigo en Leubucó y en otras partes. El camino de Carrilobo. ¡Horrible! ¡most horrible! Todavía el negro del acordeón. Felicidad pasajera de Macías.

Capítulo 63. A orillas de un monte. Un barómetro humano. En marcha con antorchas. Ecos extraños. Conjeturas. Un chañar convertido en lámpara. Aparición de Macías. Inspiración del gaucho. Alrededores del toldo de Villarreal. Una cena. Cumplo mi palabra.

Capítulo 64. Con quién vivía mi comadre Carmen. Una despedida igual a todas. Yo habría hecho iguales a todas las mujeres. Grupo asqueroso. ¡Adiós! Una faja pampa. Arrepentimiento. Trepando un médano. Desparramo. Perdidos. El Brasil puede alguna vez salvar a los argentinos. Llegamos al toldo de Ramón.

Capítulo 65. El sueño no tiene amo. El toldo de Ramón nada dejaba que desear. Una fragua primitiva. Diálogo entre la civilización y la barbarie. Tengo que humillarme. Se presenta Ramón. Doña Fermina Zárate. Una lección de filosofía práctica. Petrona Jofré y los cordones de nuestro padre San Francisco. Veinte yeguas, sesenta pesos, un poncho y cinco chiripáes por una mujer. Rasgo generoso de Crisóstomo. El hombre ni es un ángel ni una bestia.

Capítulo 66. La familia del cacique Ramón. Spañol. Una invasión. Despacho al capitán Rivadavia. Cuestión de amor propio. Buen sentido de un indio. En Carrilobo soplaba mejor viento que en Leubucó. Suenan los cencerros. Atíncar (Véase bórax). El hombre civilizado nunca acaba de aprender. Me despido. Cómo doman los bárbaros. ¡Ultimos hurrahs!

Capítulo 67. A la vista de la Verde. Murmuraciones. Defecto de lectores y de caminantes. Dos cuentos al caso. Reglas para viajar en la Pampa. La monotonía es capaz de hacer dormir al mejor amigo. Dos polvos. Suerte de Brasil. Reproche de los franciscanos. ¿Tendrán alma los perros? Un obstáculo.

Capítulo 68. Otra vez en la Verde. Ultimos ofrecimientos de Mariano Rosas. Más o menos todo el mundo es como Leubucó. Augurios de la naturaleza. Presentimientos. Resuelvo separarme de mis compañeros. Impresiones. ¡Adiós! Un fantasma. Laguna del Bagual. Encuentro nocturno. Un cielo al revés. Agustinillo . Miseria del hombre.

Epilogo.

Croquis Topográfico de la antigua y nueva línea de Fronteras Sud y Sudeste de Córdoba y Sud de Santa Fe.

Capítulo XXIII. Épocas buenas y malas. En qué cosas cree el autor. La cadena del mundo moral. ¿Será cierto que los padres saben más que los hijos? El Capitán Rivadavia, Hilarión Nicolai. Camargo. Dilaciones.

Con la última parada se me quemaron los libros. Es verdad que hace mucho tiempo que en mis cálculos entra todo, menos lo principal.

El hombre suele tener épocas de graves errores, de imperdonables desaciertos y tristes equivocaciones.

Como todo el que se ha lanzado sin preparación en la corriente de la vida lo sabe, hay años buenos y malos, meses propicios y fatales, días color de rosa, días negros como el hollín de una chimenea.

Años, meses y días en que a todo acertamos, en que nuestro espíritu parece tener su geometría, en que todo nos halaga y nos sonríe.

Y, a la inversa, años, meses y días en que todo nos sale al revés.

Si amamos, nos olvidan; si vamos a la guerra, nos hieren o nos postergan; si somos candidatos al parlamento, nos derrotan; si jugamos, perdemos; si tomamos comidas con aceite, se nos indigestan; si compramos billetes de lotería, ni cerca le andamos a la suerte; finalmente, hay temporadas aciagas en que ni por chiripa andamos bien. O, como dicen los andaluces, temporadas en que nuestro estado normal es andar en la mala.

Esto debe consistir en algo.

Yo he pensado mucho en la justicia de Dios con motivo de ciertos percances propios y ajenos, pues un hombre discreto debe estudiar el mundo y sus vicisitudes, en cabeza propia y en cabeza ajena.

Y, francamente, hay momentos en que me dan tentaciones de creer que nuestro bello planeta no está bien organizado.

¡Quién sabe si no entramos en un período de desequilibrio moral!

He de buscar algún amigo ducho en trotes de ciencia y conciencia que me indique si hay algún tratado de mecánica terrenal, por el estilo del de Laplace.

Por lo pronto me he refugiado en un tratadito cuyo título es: "La moral aplicada a la política, o el arte de esperar".

Debe ser muy bueno; es un libro chico y anónimo; hace tiempo vengo observando que los mejores libros son los manuales, cuyo autor se ignora.

La razón creo hallarla en la modestia, sentimiento que anda generalmente a caballo.

En este tratadito pienso hallar la solución de muchas de mis dudas.

Yo tengo creencias y convicciones arraigadas, que las he sacado no sé de dónde -hay cosas que no tienen filiación- y no quisiera perderlas o que se embrollaran mucho en los archivos de mi imaginación.

Yo creo en Dios, por ejemplo, cosa en la que sin duda cree el respetable público -aunque hay un refrán maldito que dice: Fíate en Dios y no corras.

Yo creo en la justicia y que las almas nobles deben hacérsela aun a aquellos mismos que se la niegan a ellos; sin embargo, todos los días veo gente desesperada por la calle, quejándose de que no hay justicia en la tierra.

Y hasta ahora les he oído decir a los que tienen y ganan pleitos: ¡Qué bien anda la justicia!

¡Los mismos abogados no hacen otra cosa que gritar contra la justicia!

Dos alegatos distintos de bien probado sobre lo mismo, ¿qué implican?

Yo creo en la caridad, y mientras tanto, todo el día oigo hablar mal del prójimo, y veo gente conducida al cementerio que no tiene tras de qué caerse muerta.

Yo creo en la religión; creo que el patriotismo, el honor, la probidad, el amor del prójimo, son cuestiones de religión.

Mientras tanto, el otro día he leído en un libro italiano -estos italianos pierden la cabeza cuando se ocupan de religión- que todas las religiones quieren hacerse ricas.

Yo creo en la Constitución y en las leyes; y un viejo muy lleno de experiencia que me suele dar consejos, me dice: Todos gobiernan lo mismo, no es Rosas el que no puede.

Yo creo en el pueblo, y si mañana lo convocan a elecciones, resulta que no hay quien sufrague.

Yo creo en el libre albedrío, y todos los días veo gentes que se dejan llevar de las narices por otros; y mi noción de la responsabilidad humana se conmueve hasta en sus más sólidos fundamentos.

Como se ve, yo creo en una porción de cosas muy buenas, muy morales y muy útiles.

El pulpero de enfrente no cree ni entiende nada de eso.

Pero lo pasa bien.

Tiene buena salud, una renta fija, una clientela segura: nadie le inquieta, ni le amenaza, ni le fulmina. Es un desconocido; pero es una potencia.

La suerte debe entrar por mucho; porque de balde no han inventado el refrán: "Suerte te dé Dios, hijo, que el saber poco te vale".

Y el apellido ha de influir también algo.

Es muy raro hallar un hombre que aborrezca a otro que no sabe cómo se llama.

Por eso, sin duda, los brasileños se mudan el nombre.

El otro día no se me ocurrió esto.

Cuando acabe de leer mi tratadito, he de estar ya en estado de curarme de todas mis supersticiones.

Dentro de poco voy a ser un hombre completo, moralmente, bien entendido.

Entonces sí, ¿a que todo cuanto emprenda me sale a las mil maravillas?

¿A que si entablo un pleito gano?

¿A que si emprendo un viaje no naufrago?

¿A que si compro billetes de lotería me saco una suerte mayor?

¿A que si hago una campaña me dan un premio?

¿A que si vuelvo a los indios no me sucede lo que me ha sucedido, que me hagan esperar tanto en el camino?

¿Será cierto que la experiencia es la madre de la ciencia?

Sin duda, por eso dicen que el diablo no sabe tanto por diablo, cuanto por ser viejo.

Se me había olvidado anotar, al enumerar mis creencias, que también creo en este caballero. Le he visto varias veces.

¿Será cierto que mi anciano padre tiene razón en los consejos que me ha dado y me da, consejos que en mi petulancia moderna jamás he querido seguir, tanto que, para saber cómo piensa él, no hay más que averiguar cómo pienso yo?

¿Será cierto que la cadena del mundo moral se forma así vinculando la amarga experiencia de ayer con los desencantos de hoy, metodizando y conformando nuestra vida según los preceptos de los que han vivido y visto más que nosotros, orgullos filósofos de papel?

¿Será cierto que el muchacho más instruido, más aventajado, más sabio, al lado de su padre será siempre un niño de teta, un pigmeo?

¡Santiago amigo! ¿Será cierto que tu padre sabe más que tú?

¿Que el General Guido sabía más que Carlos, que es un mozo de sabiduría?

¿Que don Florencio Varela sabía más que Héctor, que sabe tantas cosas -más que Mariano?, lo dudo.

¿Que mi padre sabe más que yo, que no soy muy atrasado que digamos, particularmente en estudios sociales?

A mí me da por ahí. Mi fuerte es el conocimiento de los hombres.

¡Pero éstos me reservan unos desengaños!

Es con lo que pienso argüir al mocoso de mi hijo, cuando se me levante con el santo y la limosna, que no tardará en suceder.

Ya ha empezado a hacer actos espontáneos, calculados para desprestigiar mi autoridad paternal, a gastar más de lo que debe, siendo objeto de privadas murmuraciones en la familia, y metiéndose a estudiar medicina contra mis consejos.

¡Estudiar medicina sin mi consentimiento! ¡Pues es disparate!

Sólo puedo comparar semejante aberración, en un siglo como éste, en que yo le curo homeopáticamente un panadizo al que lo tenga, con una expedición a los indios ranqueles.

En efecto, querido Santiago, mirando con sangre fría mi viaje a los toldos, ¿no te parece que ha sido perder tiempo?

¿No te parece que las demoras que me ha hecho sufrir Mariano Rosas, antes de dejarme penetrar en su morada, las he merecido por mi extravagancia?

¡Cuánto mejor hubiera sido que mi jefe inmediato me negara la licencia!

Si lo hace, cuando menos me atufo, que así somos - ¡desconocemos la mano que nos desea el bien y se la damos a quien nos quiere mal!

Pero acerquémonos a Leubucó, saliendo de donde nos detuvimos ayer.

Viendo que la parada se prolongaba y que mis cabalgaduras estaban muy sudadas, mandé mudar, para hacer la entrada en regla.

Era temprano aún y quién sabe cuánto tiempo íbamos a permanecer todavía sobre el caballo.

Mientras mudaban, el capitán Rivadavia me presentó varios personajes políticos refugiados en Tierra Adentro -siendo los dos más notables, un mayor Hilarión Nicolai y un teniente Camargo.

Ambos han pertenecido a la gente de Saa, y ganaron los indios después de la sableada de San Ignacio, llegando un puñado de soldados.

Muy mal me habían hablado de estos hombres.

Yo iba sumamente prevenido contra ellos, temiendo ser objeto de alguna maldad, aunque reflexionando me parecía que el hecho de ser cristianos debía mirarlo como una garantía.

Dígase lo que se quiera, la cabra siempre tira al monte.

Más tarde veremos si yo discurría mal en medio de las preocupaciones de mi ánimo. Y mi ejemplo podrá serles útil a los que juzguen a los hombres por las reglas vulgares, apasionadas, iracundas, cuando la gran ley de la vida y de Dios es la caridad.

Ni el viejo Hilarión, ni el bandido Camargo me hicieron el efecto que yo esperaba, ni me saludaron como me lo temía. Hilarión con todas sus mañas y Camargo con todas sus bellaquerías son dos hombres atentos y educados, especialmente Hilarión. Camargo es un tipo más crudo.

El primero tendrá cincuenta y cinco años, el segundo veintiocho. El uno tiene larga barba, blanca como la nieve; el otro un lindo bigote negro como azabache.

El uno parece un inglés, el otro tiene todo el sello del hijo de la tierra.

Hilarión es una especie de gauchi-político. Camargo es un compadre neto, que sabe leer y escribir perfectamente, valiente, osado, orgulloso y desprendido. Hilarión contemporiza

con los indios, no habla su lengua. Camargo al contrario, habla el araucano, dice lo que siente, no le teme a la muerte y al más pintado le acomoda una puñalada.

Y sin embargo, Camargo es un ser susceptible de enmienda, según lo veremos cuando llegue el momento de referir su vida, sus desgracias, las causas porque se hizo federal, debidas en gran parte a una mujer.

Las tales mujeres tienen el poder diabólico de hacer todo cuanto quieren, y por eso ha de ser que los franceses dicen ce que femme veut Dieu le veut. De un federal son capaces de hacer un unitario y viceversa, que es cuanto se puede decir. Por supuesto que de cualquiera hacen un tonto.

La presencia de mis nuevos conocidos, la charla con ellos, la operación de mudar caballos, hicieron más soportable la imprevista antesala que me obligaron a hacer.

Yo disimulaba mal, sin duda, mi destemplado humor, porque todos a una, los que parecían más racionales y conocedores de los usos y costumbres de los indios, me decían: -Tenga paciencia, señor; así es esta tierra; el General es buen hombre, lo quiere recibir en forma.

No había más recurso que esperar hasta que se acabaran los preparativos. Aquello iba a estar espléndido, según el tiempo que se empleaba en los arreglos. Ni la pirámide de la plaza de la Victoria, cuando se viste de gala, gastando más en traje de lienzo y cartón que en un forro de mármol eterno, emplea tanto tiempo en adornarse como todo un cacique de las tribus ranquelinas.

Me daban una lección sobre el ceremonial decretado para mi recepción, cuando llegó un indiecito muy apuesto, cargado de prendas de plata y montando un flete en regla.

Le seguía una pequeña escolta.

Era el hijo mayor de Mariano Rosas, que por orden de su padre venía a recibirme y saludarme.

La salutación consistió en un rosario de preguntas -todas referentes a lo que ya sabemos, al estado fisiológico de mi persona, a los caballos y novedades de la marcha.

A todo contesté políticamente, con la sonrisa en los labios y una tempestad de impaciencia en el corazón.

Esta vez, a más de las preguntas indicadas, me hicieron otra: que cuántos hombres me acompañaban y qué armas llevaba.

Satisfice cumplidamente la curiosidad.

Ya sabe el lector cuántos éramos al llegar a la tierra de Ramón.

El número no se había aumentado ni disminuido por fortuna; ninguna desgracia había ocurrido. En cuanto a las armas, consistían en cuchillos, sables sin vaina entre las caronas y cinco revólveres, de los cuales dos eran míos.

El hijo de Mariano Rosas regresó a dar cuenta de su misión. Más tarde vino otro enviado y con él la orden de que nos moviéramos.

Una indicación de corneta se hizo oír.

Reuniéronse todos los que andaban desparramados: formamos como lo describí ayer y nos movimos.

Ya estábamos a la vista del mismo Mariano Rosas y no podía distinguir perfectamente los rasgos de su fisonomía, contar uno por uno los que constituían su corte pedestre, su séquito, los grandes personajes de su tribu, ya íbamos a echar pie a tierra, cuando, ¡sorpresa inesperada!, fuimos notificados de que aún había que esperar.

Esperamos, pues...

Habiendo esperado yo tanto; ¿por qué no han de esperar Uds. hasta mañana o pasado?

La curiosidad aumenta el placer de las cosas vedadas difíciles de conseguir.


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