Historia Natural y Moral de las Indias
José de Acosta
| Libros: |
I |
II |
III |
IV |
V |
VI |
VII |
A la serenísima infanta doña Isabel Clara Eugenia de Austria
Proemio al lector
Libro Primero
I De la opinión que algunos autores tuvieron, que el cielo no se extendía al nuevo mundo.
II Que el cielo es redondo por todas partes, y se mueve en torno de sí mismo.
III Que la Sagrada Escritura nos da a entender que la tierra está en medio del mundo.
IV En que se responde a lo que se alega de la Escritura contra la redondez del cielo.
V De la hechura y gesto del cielo del nuevo mundo
VI Que el mundo hacia ambos polos tiene tierra y mar
VII En que se reprueba la opinión de Lactancio, que dijo no haber Antípodas
VIII Del motivo que tuvo San Agustín para negar los Antípodas
IX De la opinión que tuvo Aristóteles cerca del Nuevo Mundo, y qué es lo que le engañó para negarle
X Que Plinio y los más de los antiguos sintieron lo mismo que Aristóteles.
XI Que se halla en los antiguos alguna noticia de este Nuevo Mundo
XII Qué sintió Platón de esta India occidental
XIII Que algunos han creído que en las Divinas Escrituras Ofir signifique este nuestro Perú
XIV Qué significan en la Escritura Tarsis y Ofir
XV De la profecía de Abdías que algunos declaran de estas Indias
XVI De qué modo pudieron venir a Indias los primeros hombres, y que no navegaron de propósito a estas partes
XVII De la propiedad y virtud admirable de la piedra imán para navegar; y que los antiguos no la conocieron
XVIII En que se responde a los que sienten haberse navegado antiguamente el océano, como ahora
XIX Que se puede pensar, que los primeros pobladores de Indias aportaron a ellas echados de tormenta, y contra su voluntad
XX Que con todo eso es más conforme a buena razón pensar que vinieron por tierra los primeros pobladores de Indias
XXI En qué manera pasaron bestias y ganados a las tierras de Indias
XXII Que no pasó el linaje de indios por la isla Atlántida, como algunos imaginan
XXIII Que es falsa la opinión de muchos, que afirman venir los indios de el linaje de los judíos
XXIV Por qué razón no se puede averiguar bien el origen de los indios
XXV Qué es lo que los indios suelen contar de su origen
Libro Segundo
I Qué se ha de tratar de la naturaleza de la equinoccial
II Qué les movió a los antiguos a tener por cosa sin duda que la tórrida era inhabitable
III Que la tórrida zona es humedísima; y que en esto se engañaron mucho los antiguos
IV Que fuera de los trópicos es al revés que en la tórrida, y así hay más aguas cuando el sol se aparta más
V Que dentro de los trópicos las aguas son en el estío o tiempo de calor; y de la cuenta del verano e invierno
VI Que la tórrida tiene gran abundancia de aguas y pastos, por más que Aristóteles lo niegue
VII Trátase la razón por qué el sol fuera de los trópicos, cuando más dista, levanta aguas, y dentro de ellos al revés, cuando está más cerca
VIII En qué manera se haya de entender lo que se dice de la tórrida zona
IX Que la tórrida no es en exceso caliente, sino moderadamente caliente
X Que el calor de la tórrida se templa con la muchedumbre de lluvias y con la brevedad de los días
XI Que fuera de las dichas hay otras causas de ser la tórrida templada, y especialmente la vecindad del mar océano
XII Que las tierras más altas son más frías, y qué sea la razón de esto
XIII Que la principal causa de ser la tórrida templada son los vientos frescos
XIV Que en la región de la equinoccial se vive vida muy apacible
Libro Tercero
I Que la historia natural de cosas de las Indias es apacible y deleitosa
II De los vientos y sus diferencias y propiedades y causas en general
III De algunas propiedades de vientos que corren en el nuevo orbe
IV Que en la tórrida zona corren siempre brisas, y fuera de ella vendavales y brisas
V De las diferencias de brisas y vendavales con los demás vientos
VI Qué sea la causa de hallarse siempre viento de oriente en la tórrida para navegar
VII Por qué causa se hallan más ordinarios vendavales saliendo de la tórrida a más altura
VIII De las excepciones que se hallan en la regla ya dicha, y de los vientos y calmas que hay en mar y tierra
IX De algunos efectos maravillosos de vientos en partes de Indias
X Del océano, que rodea las Indias, y de la mar del norte y del sur
XI Del estrecho de Magallanes: cómo se pasó por la banda del sur
XII Del estrecho que algunos afirman haber en la Florida
XIII De las propiedades del estrecho de Magallanes
XIV Del flujo y reflujo del mar océano en Indias
XV De diversos pescados y modos de pescar de los indios
XVI De las lagunas y lagos que se hallan en Indias
XVII De diversas fuentes y manantiales
XVIII De ríos
XIX De la cualidad de la tierra de Indias en general
XX De las propiedades de la tierra del Perú
XXI De las causas que dan de no llover en los llanos
XXII De la propiedad de Nueva España y islas y las demás tierras
XXIII De la tierra que se ignora y de la diversidad de un día entero entre orientales y occidentales
XXIV De los volcanes o bocas de fuego
XXV Qué sea la causa de durar tanto tiempo el fuego y humo de estos volcanes
XXVI De los temblores de tierra
XXVII Cómo se abrazan la tierra y la mar
Libro Cuarto
I De tres géneros de mixtos que se han de tratar en esta Historia
II De la abundancia de metales que hay en las Indias occidentales
III De la cualidad de la tierra donde se hallan metales; y que no se labran todos en Indias; y de cómo usaban los indios de los metales
IV Del oro que se labra en Indias
V De la plata de Indias
VI Del cerro de Potosí y de su descubrimiento
VII De la riqueza que se ha sacado y cada día se va sacando del cerro de Potosí
VIII Del modo de labrar las minas de Potosí
IX Cómo se beneficia el metal de plata
X De las propiedades maravillosas del azogue
XI Dónde se halla el azogue, y cómo se descubrieron sus minas riquísimas en Guancavelica
XII Del arte que se saca el azogue, y beneficia con él la plata
XIII De los ingenios para moler metales, y del ensaye de la plata
XIV De las esmeraldas
XV De las perlas
XVI Del pan de Indias y del maíz
XVII De las yucas, y cazavi, y papas y chuño, y arroz
XVIII De diversas raíces que se dan en Indias
XIX De diversos géneros de verduras y legumbres; y de los que llaman pepinos, y piñas, y frutilla de Chile, y ciruelas
XX Del ají o pimienta de las Indias
XXI Del plátano
XXII Del cacao y de la coca
XXIII Del magüey, del tunal, de la grana, del añil y algodón
XXIV De los mameyes y guayabos y paltos
XXV Del chicozapote y de las anonas y de los capolíes
XXVI De diversos géneros de frutales; y de los cocos y almendras de andes y almendras de chachapoyas
XXVII De diversas flores y de algunos árboles que solamente dan flores, y cómo los indios las usan
XXVIII Del bálsamo
XXIX Del liquidámbar y otros aceites y gomas y drogas, que se traen de Indias
XXX De las grandes arboledas de Indias y de los cedros y ceibas y otros árboles grandes
XXXI De las plantas y frutales que se han llevado de España a las Indias
XXXII De uvas viñas y olivas y moreras y cañas de azúcar
XXXIII De los ganados ovejuno y vacuno
XXXIV De algunos animales de Europa que hallaron los españoles en Indias, y cómo hayan pasado
XXXV De aves que hay de acá, y cómo pasaron allá en Indias
XXXVI Cómo sea posible haber en Indias animales que no hay en otra parte del mundo
XXXVII De aves propias de Indias
XXXVIII De animales de monte
XXXIX De los micos o monos de Indias
XL De las vicuñas y tarugas del Perú
XLI De los pacos y guanacos y carneros del Perú
XLII De las piedras bezaares
Libro Quinto
Prologo a los libros
siguientes
I Que la causa de la idolatría ha sido la soberbia y envidia del demonio
II De los géneros de idolatrías que han usado los indios
III Que en los indios hay algún conocimiento de Dios
IV Del primer género de idolatría de cosas naturales y universales
V De la idolatría que usaron los indios con cosas particulares
VI De otro género de idolatría con los difuntos
VII De las supersticiones que usaban con los muertos
VIII Del uso de mortuorios que tuvieron los mejicanos y otras naciones
IX Del cuarto y último género de idolatría que usaron los indios con imágenes y estatuas, especialmente los mejicanos
X De un extraño modo de idolatría que usaron los mejicanos
XI De cómo el demonio ha procurado asemejarse a Dios en el modo de sacrificios y religión y sacramentos
XII De los templos que se han hallado en las Indias
XIII De los soberbios templos de Méjico
XIV De los sacerdotes y oficios que hacían
XV De los monasterios de doncellas que inventó el demonio para su servicio
XVI De los monasterios de religiosos que tiene el demonio para su superstición
XVII De las penitencias y asperezas que han usado los indios por persuasión del demonio
XVIII De los sacrificios que al demonio hacían los indios, y de qué cosas
XIX De los sacrificios de hombres que hacían
XX De los sacrificios horribles de hombres que usaron los mejicanos
XXI De otro género de sacrificios de hombres que usaban los mejicanos
XXII Como ya los mismos indios estaban cansados, y no podían sufrir las crueldades de sus dioses
XXIII Cómo el demonio ha procurado remedar los sacramentos de la santa Iglesia
XXIV De la manera con que el demonio procuró remedar la fiesta de Corpus Christi, y comunión que usa la santa Iglesia
XXV De la confesión y confesores que usaban los indios
XXVI De la unción
abominable que usaban los sacerdotes mejicanos y otras naciones, y de sus
hechiceros
XXVII De otras ceremonias y ritos de los
indios, a semejanza de los nuestros
XXVIII De algunas fiestas que usaron los del Cuzco, y cómo el demonio quiso también imitar el misterio de la Santísima Trinidad
XXIX De la fiesta del jubileo que usaron los mejicanos
XXX De la fiesta de los mercaderes que usaron los Cholutecas
XXXIQué provecho se ha de sacar de la relación de las supersticiones de los indios
Libro Sexto
I Que es falsa la opinión de los que tienen a los indios por hombres faltos de entendimiento
II Del modo de cómputo y calendario que usaban los mejicanos
III Del modo de contar los años y meses que usaron los Ingas
IV Que ninguna nación de indios se ha descubierto que use de letras
V Del género de letras y libros que usan los chinos
VI De las universidades y estudios de la China
VII Del modo de letras y escritura que usaron los mejicanos
VIII De los memoriales y cuentas que usaron los indios del Perú
IX Del orden que guardan en sus escrituras los indios
X Cómo enviaban los indios sus mensajeros
XI Del gobierno y reyes que tuvieron
XII Del gobierno de los reyes Ingas del Perú
XIII De la distribución que hacían los Ingas de sus vasallos
XIV De los edificios y orden de fábricas de los Ingas
XV De la hacienda del Inga, y orden de tributos que impuso a los indios
XVI De los oficios que aprendían los indios
XVII De las postas y chasquis que usaba el Inga
XVIII De las leyes y justicia y castigo que los Ingas pusieron y de sus matrimonios
XIX Del origen de los Ingas, señores del Perú, y de sus conquistas y victorias
XX Del primer Inga y de sus sucesores
XXI De Pachacuti Inga Yupangui, y lo que sucedió hasta Guaynacapa
XXII Del principal Inga llamado Guaynacapa
XXIII De los últimos sucesores de los Ingas
XXIV Del modo de república que tuvieron los mejicanos
XXV De los diversos dictados y órdenes de los mejicanos
XXVI Del modo de pelear de los mejicanos y de las órdenes militares que tenían
XXVII Del cuidado grande y policía que tenían los mejicanos en criar la juventud
XXVIII De los bailes y fiestas de los indios
Libro Séptimo
I Que importa tener noticias de los hechos de los indios, mayormente de los mejicanos
II De los antiguos moradores de la Nueva España, y cómo vinieron a ella los Navatlaca
III Cómo los seis linajes Navatlacas poblaron la tierra de Méjico
IV De la salida de los mejicanos, y camino y población de Mechoacán
V De lo que les sucedió en Malinalco y en Tula y en Chapultepec
VI De la guerra que tuvieron con los de Culhuacán
VII De la fundación de Méjico
VIII Del motín de los de Tlatellulco, y del primer rey que eligieron los mejicanos
IX Del extraño tributo que pagaban los mejicanos a los de Azcapuzalco
X Del segundo rey y de lo que sucedió en su reinado
XI Del tercero rey Chimalpopoca y de su cruel muerte, y ocasión de la guerra que hicieron los mejicanos
XII Del cuarto rey Izcoalt, y de la guerra contra los Tepanecas
XIII De la batalla que dieron los mejicanos a los Tepanecas, y de la gran victoria que alcanzaron
XIV De la guerra y victoria que tuvieron los mejicanos de la ciudad de Cuyoacán
XV De la guerra y victoria que hubieron los mejicanos de los Suchimilcos
XVI Del quinto rey de Méjico, llamado Motezuma, primero de este nombre
XVII Que Tlacaellel no quiso ser rey, y de la elección y sucesos de Tizocic
XVIII De la muerte de Tlacaellel y hazañas de Ajayaca, séptimo rey de Méjico
XIX De los hechos de Autzol, octavo rey de Méjico
XX De la elección del gran Motezuma, último rey de Méjico
XXI Cómo ordenó Motezuma el servicio de su casa, y la guerra que hizo para coronarse
XXII De las costumbres y grandezas de Motezuma
XXIII De los presagios y prodigios extraños que acaecieron en Méjico, antes de fenecerse su imperio
XXIV De la nueva que tuvo Motezuma de los españoles que habían aportado a su tierra, y de la embajada que les envió
XXV De la entrada de los españoles en Méjico
XXVI De la muerte de Motezuma y salida de los españoles de Méjico
XXVII De algunos milagros que en las Indias ha obrado Dios en favor de la Fe, sin méritos de los que los obraron
XXVIII De la disposición que la divina providencia ordenó en Indias para la entrada en la religión cristiana en ellas
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Libro Cinco
Capítulo XXIV
De la manera con que el demonio procuró remedar la fiesta de Corpus Christi, y comunión que usa la santa Iglesia
Mayor admiración pondrá la fiesta y semejanza de comunión que el mismo demonio, príncipe de los hijos de soberbia ordenó en Méjico, la cual, aunque sea un poco larga, es bien referilla como está escrita por personas fidedignas.
En el mes de mayo hacían los mejicanos su principal fiesta de su dios Vitzilipuztli, y dos días antes de la fiesta, aquellas mozas, que dijimos arriba, que guardaban recogimiento en el mismo templo, y eran como monjas, molían cuantidad de semilla de bledos juntamente con maíz tostado, después de molido amasábanlo con miel, y hacían de aquella masa un ídolo tan grande como era el de madera, y poníanle por ojos unas cuentas verdes, o azules, o blancas, y por dientes unos granos de maíz, sentado con todo el aparato que arriba queda dicho. El cual, después de perficionado, venían todos los señores, y traían un vestido curioso y rico, conforme al traje del ídolo, con el cual le vestían, y después de muy bien vestido y aderezado, sentábanlo en un escaño azul en sus andas, para llevarle en hombros.
Llegada la mañana de la fiesta, una hora antes de amanecer, salían todas estas doncellas vestidas de blanco con atavíos nuevos, y aquel día las llamaban hermanas del dios Vitzilipuztli. Venían coronadas con guirnaldas de maíz tostado y reventado, que parece azahar, y a los cuellos gruesos sartales de lo mismo, que les venían por debajo del brazo izquierdo, puesta su color en los carrillos, y los brazos desde los codos hasta las muñecas emplumados con plumas coloradas de papagayos; y así aderezadas tomaban las andas del ídolo en los hombros, y sacábanlas al patio, donde estaban ya todos los mancebos vestidos con unos paños de red galanos, coronados de la misma manera que las mujeres. En saliendo las mozas con el ídolo, llegaban los mancebos con mucha reverencia, y tomaban las andas en los hombros, trayéndolas al pie de las gradas del templo, donde se humillaba todo el pueblo; y tomando tierra del suelo se la ponían en la cabeza, que era ceremonia ordinaria entre ellos en las principales fiestas de sus dioses.
Hecha esta ceremonia, salía todo el pueblo en procesión con toda la priesa posible, e iban a un cerro que está a una legua de la ciudad de Méjico, llamado Chapultepec, y allí hacían estación y sacrificios. Luego partían con la misma priesa a un lugar cerca de allí, que se dice Atlacuyavaya, donde hacían la segunda estación, y de allí iban a otro pueblo una legua adelante, que se dice Cuyoacán, de donde partían, volviéndose a la ciudad de Méjico sin hacer pausa. Hacíase este camino de más de cuatro leguas en tres o cuatro horas; llamaban a esta procesión Ipayna Vitzilipuztli, que quiere decir el veloz y apresurado camino de Vitzilipuztli.
Acabados de llegar al pie de las gradas, ponían allí las andas, y tomaban unas sogas gruesas, atábanlas a los asideros de las andas, y con mucho tiempo y reverencia, unos tiraban de arriba, y otros ayudando de abajo, subían las andas con el ídolo a la cumbre del templo, con mucho ruido de flautas, y clamor de bocinas y caracoles y atambores. Subíanlo de esta manera, por ser las gradas del templo muy empinadas y angostas, y la escalera bien larga, y así no se podían subir con las andas en los hombros. Y al tiempo que subían al ídolo, estaba todo el pueblo en el patio con mucha reverencia y temor.
Acabado de subirle a lo alto, y metido en una casilla de rosas que le tenían hecha, venían luego los mancebos, y derramaban muchas flores de diversas colores, hinchiendo todo el templo dentro y fuera de ellas. Hecho esto, salían todas las doncellas con el aderezo referido, y sacaban de su recogimiento unos trozos de masa de maíz tostado y bledos, que era la misma de que el ídolo era hecho, hechos a manera de huesos grandes, y entregábanlos a los mancebos, y ellos subíanlos arriba, y poníanlos a los pies del ídolo por todo aquel lugar, hasta que no cabían más. A estos trozos de masa llamaban los huesos y carne de Vitzilipuztli. Puestos allí los huesos, salían todos los ancianos, del templo, sacerdotes y levitas, y todos los demás ministros, según sus dignidades y antigüedades, porque las había con mucho concierto y orden, con sus nombres y dictados: salían unos tras otros con sus velos de red de diferentes colores y labores, según la dignidad y oficio de cada uno, con guirnaldas en las cabezas y sartales de flores en los cuellos. Tras éstos salían los dioses y diosas, que adoraban en diversas figuras, vestidos de la misma librea, y poniéndose en orden al derredor de aquellos trozos de masa, hacían cierta ceremonia de canto y baile sobre ellos, con lo cual quedaban benditos y consagrados por carne y huesos de aquel ídolo.
Acabada la bendición y ceremonia de aquellos trozos de masa, con que quedaban tenidos por huesos y carne del ídolo, de la misma manera los veneraban que a su dios. Salían luego los sacrificadores y hacían el sacrificio de hombres en la forma que está referida arriba, y eran en éste sacrificados más número que en otro día, por ser la fiesta tan principal. Acabados, pues, los sacrificios, salían luego todos los mancebos y mozas del templo, aderezados como está dicho: puestos en orden y en hileras, los unos en frente de los otros, bailaban y cantaban al son de un atambor que les tañían en loor de la solemnidad, y del ídolo que celebraban, a cuyo canto todos los señores y viejos y gente principal respondían bailando en el circuito de ellos, haciendo un hermoso corro, como lo tienen de costumbre, estando siempre los mozos y las mozas en medio, a cuyo espectáculo venía toda la ciudad.
En este día del ídolo Vitzilipuztli era precepto muy guardado en toda la tierra, que no se había de comer otra comida, sino de aquella masa con miel de que el ídolo era hecho; y este manjar se había de comer luego en amaneciendo, y que no se había de beber agua, ni otra cosa alguna sobre ello, hasta pasado medio día, y lo contrario tenían por gran agüero y sacrilegio; pasadas las ceremonias podían comer otras cosas. En este ínterin, escondían el agua de los niños, y avisaban a todos los que tenían uso de razón, que no bebiesen agua, porque vendría la ira de Dios sobre ellos, y morirían, y guardaban esto con gran cuidado y rigor. Concluidas las ceremonias, bailes y sacrificios, íbanse a desnudar; y los sacerdotes y dignidades del templo tomaban el ídolo de masa, y desnudábanle de aquellos aderezos que tenía, y así a él, como a los trozos que estaban consagrados, los hacían muchos pedazos, y comenzando desde los mayores, repartíanlos, y dábanlos a modo de comunión a todo el pueblo, chicos y grandes, hombres y mujeres; y recibíanlo con tanta reverencia, temor y lágrimas, que ponía admiración, diciendo que comían la carne y huesos de Dios, teniéndose por indignos de ello, los que tenían enfermedades pedían para ellos, y llevábanselo con mucha reverencia y veneración; todos los que comulgaban quedaban obligados a dar diezmo de aquella semilla de que se hacía el ídolo.
Acabada la solemnidad de la comunión, se subía un viejo de mucha autoridad, y en voz alta predicaba su ley y ceremonias. ¿A quién no pondrá admiración, que tuviese el demonio tanto cuidado de hacerse adorar, y recibir, al modo que Jesucristo, nuestro Dios, ordenó y enseñó, y como la santa Iglesia lo acostumbra? Verdaderamente se echa de ver bien lo que al principio se dijo, que, en cuanto puede, procura satanás usurpar y hurtar para sí la honra y culto debido a Dios, aunque siempre mezcla sus crueldades y suciedades porque es espíritu homicida e inmundo y padre de mentira.